Mayo 2008


Estos días se están caracterizando por los altibajos. En todos los sentidos, ojo. Hay momentos en los que estoy eufórica, mirando hacia adelante, y otros momentos vuelvo a revolcarme en mi propio fango. Hay días que me cunde el estudio, y días en los que no hago nada. Días en los que, aunque sí que se me pasa por la mente esa persona que ha decidido no compartir su vida con la mía, me distraigo mejor y lo dejo esas ideas aparcadas mientras sigo hacia un nuevo camino en el que tengo que salir (incluso vuelvo a tener ojos de mujer, en tanto en cuanto el término mujer conlleva el interés por los hombres)… pero otros días no. En fin, podría poner más ejemplos de los distintos ámbitos, pero sería redundar.

Hace unos días, y debido a una pelea gorda en casa, me enteré de que mi número es el 165, ni más ni menos. No me gustaría dejar aquí en público el significado de ese número, es decir, el qué atribuye, pero si alguien me pregunta se lo contaré sin problema alguno puesto que no es nada grave. Pero ese número me da mucho que pensar, y me ha hecho cambiar mis puntos de vista en sobremanera. Deciros que, gracias a ese 165, si bien un día antes estaba dubitando en abandonarlo todo, ahora que ese número me acompaña he jurado no sólo acabar la carrera, sino retomar mi antigua carrera (ingeniería industrial) y conseguir acabarla aunque sea poco a poco, como hobby durante mi carrera profesional. Es una meta que tengo que conseguir, porque me lo debo y porque se lo debo a alguien también.

Desde ese 165, y aunque no tiene nada que ver más allá de simple casualidades, he conseguido decidir que tengo que cerrar la puerta a mis espaldas, de una vez por todas. A eso también ha contribuído el que, de modo empírico, cada vez que me acerco a lo que no debo me quemo con el fuego, y no puedo seguir dando vueltas a una cosa que no tiene solución. Así que desde que he tomado tan dolorosa (una vez más, doloroso) decidión, aunque sigo perdiendo la mirada y la cabeza, al menos mis ojos son distintos. Su verdor ahora mira hacia delante, intenta saborear la vida, e incluso conocer gente nueva, interesarse por hacerlo.

En fin, 165, un número inquietante. Mi vida aún más, que no hace más que intentar subir y volver a bajar.

Al fin me atrevo a pasar por aquí. No quería porque, antes de nada, quiero aclarar que no voy a hablar nada de la otra persona que afecta a mi situación personal actual, y quienes han leído mi anterior post saben de qué situación hablo. Por respeto, y porque lo que nos tengamos o nos hayamos tenido que decir son cosas nuestras, esto no va a convertirse en un blog de cuchillos afilados y dolor comprimido. Sólo hablaré de mi, y nada más que de mi, puesto que este es mi blog, y de nadie más.

Y ahora sí, he aquí algunos puntos importantes que resumen mis cambios, que dan señales de mi vida:

  • He perdido unos cuantos kilos. Pero tranquilos, los estoy recuperando poco a poco. Hago esfuerzos por comer, porque en esta casa hay que mantenerse en pie en todo momento.
  • Dedico mucho tiempo a la Universidad (a deambular por allí, hablar de economía, intentar estudiar…) y cada vez paso menos tiempo en el ordenador.
  • He huído de mi cuenta de msn y conecto desde otra que tenía para asuntos de la facultad. También he huído de foros y otros entretenimientos “comunes”. Así que me aburro bastante, y siendo como si fuera una huída de mi vida. Pero lo prefiero así.
  • Vuelvo a ser adicta a la Cocacola, después de dos años.
  • Cuando dejé a mi ex (una ruptura dura, pues llevábamos 4 años saliendo y más de 8 de amistad) me di cuenta de quiénes eran verdaderos amigos y quiénes no. Es curioso ver que, gente que ves a menudo y con quien tienes un grupo de amigos bastante denso, aún no se han dignado a pegar un telefonazo y simplemente decir “cómo estás”. Otros que por el contrario no eran más que conocidos, están “dando el callo” y hacen que el círculo de amistades comience a rotar poco a poco. Aún así, ando perdida en esto de la reestructuración social; quizás es cuestión de tiempo, como todo lo demás.
  • El ámbito familiar sigue en su línea. Mucho apoyo moral, mucha terapia de choque aunque no me guste escuchar verdades que duelen… y en cuanto a la salud, seguimos progresando catastróficamente.
  • La semana que viene comienzo los exámenes. Siete asignaturas, siete exámenes… seguramente será un caos gracias a mis “distracciones mentales”. Pero se hará un esfuerzo.
  • Aunque tengo muchos momentos de debilidad, me he dado cuenta de que soy madura. Sí, es algo que antes me habían dicho, pero ahora tengo la conciencia tranquila de que no he hecho nada malo, de que he dado todo de mi y que eso se quedará conmigo, bajo mi moral.
  • Pasada la fase de obsesión e incredulidad por el suceso tan repentino, ahora estoy en la fase de “desmitificación”, como me dijeron hace unos días. Asumo no ser correspondida, en incluso abro los ojos ante muchas cosas. Saber en qué momentos se han portado bien y en qué momentos se han portado mal (sobretodo conocer los segundos) ayuda a desmitificar a la persona a la que debes olvidar, pero una cosa es la cabeza, y otra el corazón…
  • También, hasta hace unos días, vivía desesperada por conseguir que todo ese tiempo que dicen que tiene que pasar para tener el corazón tranquilo llegara. Ahora sé que el desamor no es más que la última etapa del amor, y que tengo que continuar mi vida masticando el dolor y asumiéndolo. No puedo huir de él, sino convivir con él hasta que éste quiera huir.
  • Mi cara necesita una arreglo inmediato, o comenzaré a parecer más mayor de lo que soy.
  • Creo que tengo úlcera de estómago, mi rodilla está peor… ah, y mi móvil ha muerto como consecuencia de un golpe contra la pared.
  • Al menos parece que los hombres huelen la soltería, pero no huelen que quiero estar tranquila y que “no soy de esas”.

Dentro de todo lo malo, ya he dicho que recibo señales de ánimo, y hay dos que han conseguido hacerme sonreir después de tres semanas. Una de las señales es un poema que me mostraron, de Ernesto Cardenal, y dice así:
Al perderte yo a tí,
tú y yo hemos perdido
Yo, porque tú eras lo que más amaba,
tú, porque perdiste a quien más te amaba.

Pero de nosotros dos,
tú pierdes más que yo,
porque yo podré amar a otros como te amaba a tí,
pero a tí no te amarán como te amaba yo.

Por otro lado, mi amigo Alberto me dijo que seguro que pronto podré cantar esta canción:

Seguro que sí. Al menos el ser una persona con los pies en la tierra me hace ver, que todo esto es un periodo de transición, y que con el tiempo, todo pasará… algún día, todo se calmará en mi vida.

Hoy te escribo a tí, quien sé que no va a leer esto nunca. Al menos, es poco probable…

He decidido intentar no suplicarte, intentar mantenerme al margen mientras tu cabeza se ordena. Y es curioso que, navegando en la madrugada de ojos hinchados, encontré al azar esto:

A menudo dedico mis escasos ratos de lucidez a investigar nuevos modos de abrazarte sin que medie lo físico, y no porque no prefiera el abrazo al uso, sino porque hay una distancia forzosa entre tu cuerpo y el mío.

La distancia… qué efímera es la distancia cuando necesitas de esa otra persona para palparla, para sentirla. Cuando la distancia pesa en los hombros, hace plantearse todo lo que conlleva alrededor, y ver si merece la pena. Ahora tú, del modo más respetable, te planteas si realmente me quieres por encima de esa distancia. Y yo espero, porque así lo creo conveniente, aunque me rompa por dentro y no pueda comer, dormir o siquiera pensar (es por ello que pido disculpas a cualquier otro anónimo que me lea, si ve que mis palabras lloran por no tener coherencia…).
Puesto que son cosas que ya te dije, y son cosas que simplemente escribo para que toda la presión que tengo dentro se esfume por las yemas de mis dedos, contaré lo que yo hago. Al menos podría servirle a alguien. A mi la distancia también me pesa, y mucho. En ocasiones en las que quiero tirar la toalla (no con mi relación a distancia, sino con todo) una de las cosas que más maldigo es esta misma, que es cuando derivan preguntas tales como “¿Merece la pena?” o “¿Viviría mejor sin esto?“. Ciertamente, el no tener una atadura y siempre bajo la hipótesis del sentimiento nulo (heme aquí postulando como una ex-ingeniera), sería más cómodo estar sola, sin complicaciones, sin las preocupaciones por el ajeno ni los sinsabores de esta desesperación por no verle, pero… nuevamente me repito, ¿merece la pena? A mi sí me merece la pena, a día de hoy y creo que por siempre.

En esta relación que así se nos ha planteado, creo que hemos sido (y somos, al menos ahora) un buen equipo estructurado. Cada uno se ha encargado de un departamento de esta empresa llamada amor, y aunque nunca marchan las cosas con la perfección que quieres, creo que la idea no ha sido mala. Yo me he encargado de los largos plazos (ahora cambié al modo economista), donde he realizado un trabajo de campo sobre el “¿qué pasará mañana?”. He planeado con realismos y sin sueños vacíos el futuro, el fin de mi carrera académica y el inicio laboral. He conseguido tener un pie firme en un mañana junto a él, y ahora puede ser un hecho. Por su parte, tú, que aunque a ratos hablo de tí en tercera persona no dejas de ser a quien le escribo, te has encargado del corto plazo. Esto es, los reencuentros, los viajes de ocho horas en un autobús de mala muerte… en fin, en los modos de estar juntos hoy por hoy, a pesar de la distancia. Tú le has puesto los miedos para que yo intentara calmarlos, y yo le he puesto los llantos para que tú los enjugaras. Las sonrisas han salido de tus bromas, y las tuyas han salido de mis payasadas. Hemos reído, hemos llorado, hemos sido felices y nos hemos odiado… hemos hecho todo lo que una pareja normal pudiera hacer, a pesar de la distancia.

Pero ahora, ahora dudas de si merece la pena. Ahora no le ves un final juntos, porque no sabes cuándo llegará o si estás preparado para esperarlo. Yo sí le veo final, porque he sabido ponerle ese final que en mi Departamento hemos encontrado. Yo sí le veo una fecha casi definida, que aunque aún habla de casi dos años, ya existe. Yo apuesto por esto, sigo apostando… pero no puedo obligarte a tí a apostar. Y no quiero contarle a nadie esto, porque no creo que nadie deba ni presionarte, ni influenciarte.

Ahora, sólo me queda esperar, aunque la espera sea angustiosa, y pensar que sigo siendo aquella tímida chica del Sur, que un día conociste, y con quien un día emprendiste una aventura muy arriesgada. Los riesgos ya los conocemos, ¿pero no dan dulces finales? Yo sé que sí, debes saberlo tú. Y ojalá lo descubras, porque le rezo al Dios de los Imposibles en mis noches en vela.

Y si alguien lee esto, que también le rece a quien sepa o pueda.