Hoy te escribo a tí, quien sé que no va a leer esto nunca. Al menos, es poco probable…
He decidido intentar no suplicarte, intentar mantenerme al margen mientras tu cabeza se ordena. Y es curioso que, navegando en la madrugada de ojos hinchados, encontré al azar esto:
A menudo dedico mis escasos ratos de lucidez a investigar nuevos modos de abrazarte sin que medie lo físico, y no porque no prefiera el abrazo al uso, sino porque hay una distancia forzosa entre tu cuerpo y el mío.
La distancia… qué efímera es la distancia cuando necesitas de esa otra persona para palparla, para sentirla. Cuando la distancia pesa en los hombros, hace plantearse todo lo que conlleva alrededor, y ver si merece la pena. Ahora tú, del modo más respetable, te planteas si realmente me quieres por encima de esa distancia. Y yo espero, porque así lo creo conveniente, aunque me rompa por dentro y no pueda comer, dormir o siquiera pensar (es por ello que pido disculpas a cualquier otro anónimo que me lea, si ve que mis palabras lloran por no tener coherencia…).
Puesto que son cosas que ya te dije, y son cosas que simplemente escribo para que toda la presión que tengo dentro se esfume por las yemas de mis dedos, contaré lo que yo hago. Al menos podría servirle a alguien. A mi la distancia también me pesa, y mucho. En ocasiones en las que quiero tirar la toalla (no con mi relación a distancia, sino con todo) una de las cosas que más maldigo es esta misma, que es cuando derivan preguntas tales como “¿Merece la pena?” o “¿Viviría mejor sin esto?“. Ciertamente, el no tener una atadura y siempre bajo la hipótesis del sentimiento nulo (heme aquí postulando como una ex-ingeniera), sería más cómodo estar sola, sin complicaciones, sin las preocupaciones por el ajeno ni los sinsabores de esta desesperación por no verle, pero… nuevamente me repito, ¿merece la pena? A mi sí me merece la pena, a día de hoy y creo que por siempre.
En esta relación que así se nos ha planteado, creo que hemos sido (y somos, al menos ahora) un buen equipo estructurado. Cada uno se ha encargado de un departamento de esta empresa llamada amor, y aunque nunca marchan las cosas con la perfección que quieres, creo que la idea no ha sido mala. Yo me he encargado de los largos plazos (ahora cambié al modo economista), donde he realizado un trabajo de campo sobre el “¿qué pasará mañana?”. He planeado con realismos y sin sueños vacíos el futuro, el fin de mi carrera académica y el inicio laboral. He conseguido tener un pie firme en un mañana junto a él, y ahora puede ser un hecho. Por su parte, tú, que aunque a ratos hablo de tí en tercera persona no dejas de ser a quien le escribo, te has encargado del corto plazo. Esto es, los reencuentros, los viajes de ocho horas en un autobús de mala muerte… en fin, en los modos de estar juntos hoy por hoy, a pesar de la distancia. Tú le has puesto los miedos para que yo intentara calmarlos, y yo le he puesto los llantos para que tú los enjugaras. Las sonrisas han salido de tus bromas, y las tuyas han salido de mis payasadas. Hemos reído, hemos llorado, hemos sido felices y nos hemos odiado… hemos hecho todo lo que una pareja normal pudiera hacer, a pesar de la distancia.
Pero ahora, ahora dudas de si merece la pena. Ahora no le ves un final juntos, porque no sabes cuándo llegará o si estás preparado para esperarlo. Yo sí le veo final, porque he sabido ponerle ese final que en mi Departamento hemos encontrado. Yo sí le veo una fecha casi definida, que aunque aún habla de casi dos años, ya existe. Yo apuesto por esto, sigo apostando… pero no puedo obligarte a tí a apostar. Y no quiero contarle a nadie esto, porque no creo que nadie deba ni presionarte, ni influenciarte.
Ahora, sólo me queda esperar, aunque la espera sea angustiosa, y pensar que sigo siendo aquella tímida chica del Sur, que un día conociste, y con quien un día emprendiste una aventura muy arriesgada. Los riesgos ya los conocemos, ¿pero no dan dulces finales? Yo sé que sí, debes saberlo tú. Y ojalá lo descubras, porque le rezo al Dios de los Imposibles en mis noches en vela.
Y si alguien lee esto, que también le rece a quien sepa o pueda.